Más tarde supe que los eslizones son completamente inofensivos para las personas. No son venenosos ni agresivos. Solo muerden si se sienten extremadamente amenazados o si se los manipula con brusquedad. En realidad, suelen tener más miedo ellos que nosotros y su único instinto es huir.
Y lo más curioso fue lo que sentí después.
Tras todo ese horror inicial, me invadió una calma profunda. No solo había desaparecido el miedo, sino que quedó una sensación inesperada de alivio, incluso de satisfacción. Había ayudado a un ser vivo en apuros. Había hecho lo correcto.
A veces, el terror surge de lo que no entendemos. Y a veces, basta con mirar un poco más de cerca para descubrir que detrás del miedo solo hay una vida intentando escapar.