Esa mañana salí al balcón y noté algo extraño moviéndose dentro de la pared. En ese momento me superaron con puro terror, sobre todo cuando me di cuenta de lo que era

Aun temblando, me acerqué un poco más. Fue entonces cuando lo noté con claridad: la criatura estaba atrapada en una grieta de la pared. No tenía salida. No podía avanzar ni retroceder.

Y en ese instante lo comprendí.

No era una serpiente. Era un eslizón. Un lagarto real. Vivo.

La revelación fue inmediata y extraña. El terror se desinfló de golpe, dejando espacio a otra emoción completamente distinta.

Del terror a la compasión

El eslizón se revolvía, arañando la pared con sus pequeñas patas, pero no lograba liberarse. Su cola se crispaba con cada intento fallido. Se veía agotado. Vulnerable. Asustado

Y entonces, algo cambió dentro de mí.

Donde antes había miedo, apareció compasión. Ya no veía una amenaza, sino un animal atrapado, indefenso, luchando por sobrevivir. Esa imagen me golpeó más fuerte que el susto inicial.

Un pequeño acto de valentía

Reuniendo valor, me acerqué con cuidado y lo ayudé a salir. El corazón me latía con fuerza, pero mis manos actuaron con delicadeza. En cuanto quedó libre, el eslizón se quedó inmóvil por un segundo, como congelado por el miedo, y luego salió disparado, desapareciendo en un instante, como si nunca hubiera estado allí.

Todo ocurrió muy rápido.

Lo que quedó después

 

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