Esa mañana salí al balcón de manera completamente automática. Abrí la ventana, respiré hondo y dejé que el cuerpo despertara poco a poco. Era un gesto rutinario, casi mecánico. Nada hacía presagiar que en cuestión de segundos esa calma se rompería por completo.
De pronto, mi mirada se detuvo en la pared.
Algo estaba allí. Se movía.
No fue un movimiento claro ni inmediato. Era lento, extraño, como si tuviera vida propia. Sentí un nudo en el estómago. El primer pensamiento fue una sombra. El segundo, mucho más inquietante: una serpiente. El corazón me dio un vuelco, las palmas de las manos comenzaron a sudar y la respiración se volvió corta, irregular. Me quedé paralizada, mirando fijamente, con miedo incluso de parpadear.
El miedo a lo desconocido
Cuanto más observaba, más dudas surgían. No parecía una serpiente. Sus movimientos no eran suaves ni fluidos, sino espasmódicos, torpes, casi desesperados. La criatura parecía avanzar dentro de la pared, mientras una parte de su cuerpo —la cola— quedaba afuera, atrapada
“Debe ser algo enorme con una cola delgada”, pensé, intentando darle forma a lo que veía.
Una oleada de ansiedad y asco se mezcló con el miedo. La sensación era profunda, casi primitiva. Como si hubiera sido testigo de algo que no debía ver, algo prohibido. Quería gritar y, al mismo tiempo, dar la vuelta, irme y fingir que nada había pasado.
El descubrimiento