Quédate al menos una semana. Mariana abrió los ojos sorprendida. ¿Qué? No, yo por él, dijo Alesandro señalando al bebé que dormía en sus brazos. Necesito que me ayudes a estabilizar su alimentación.
Después podrás irte. Te lo prometo. Mariana dudó mucho. Su vida estaba hecha pedazos y la idea de quedarse en la mansión de un hombre como Alesandro Manceli parecía una locura absoluta.
Pero cuando miró al bebé, su decisión fue inevitable. Una semana, dijo finalmente, solo una. Alesandro exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración. Lo escribiré en un contrato. Todo quedará claro.
Mariana asintió con cautela. Lo que no sabía era que esa semana lo cambiaría todo, que ese acuerdo temporal era el principio de un vínculo que no tenía marcha atrás. Los días siguientes se convirtieron en una extraña rutina dentro de Villa Manceli.
Mariana vivía en una habitación amplia y luminosa, justo al lado del Nurs atender las necesidades de Aleio de inmediato. Cada 3 horas, sin importar la hora del día, Mariana se levantaba en silencio, se acercaba al bebé y lo alimentaba.
Y cada vez Alesandro estaba cerca, no invadiéndola, no presionándola, solo ahí, sentado en una silla al fondo del cuarto, observando en silencio como su hijo volvía a la calma en brazos de aquella mujer que, sin saberlo, les estaba devolviendo la vida.
A veces, después de alimentar a Alecio, Mariana lo dejaba sobre su pecho un buen rato para que hiciera contacto piel con piel. Y aunque no lo admitiera en voz alta, ese contacto también sanaba algo dentro de ella.
Una noche, mientras el bebé dormía profundamente, Mariana lo acomodó en la cuna y se giró hacia Alesandro, quien no había dejado de mirarlos. “Está mejorando”, dijo ella con una pequeña sonrisa.