Bebé del JEFE de la MAFIA no dejaba de llorar en el avión – hasta que una MADRE SOLTERA lo vio…

Sí. y lo necesito ahora. Mariana asintió, respiró hondo. Sabía que cruzar de nuevo esa línea lo cambiaría todo, pero el bebé no podía esperar. Necesito privacidad. Alesandro no discutió. Señaló una puerta lateral.

Puedes usar esa habitación. Si necesitas algo, estaré afuera. Mariana entró con el bebé. Sus manos temblaban, pero cuando Aleio buscó su pecho y comenzó a alimentarse, una paz profunda llenó el cuarto.

Ella lloró en silencio por Alesio, por Emma, por todo lo que había perdido y por lo que sin querer estaba encontrando. Afuera, Alesandro esperaba con el ceño fruncido, sus manos entrelazadas con tensión, como si sostuviera una bomba.

Renzo Belini, su mano derecha, llegó corriendo. Jefe, tenemos un problema. ¿Qué ahora? Renzo bajó la voz. Tres familias se enteraron de que consiguió una mujer que está alimentando al heredero Manceli.

La mirada de Alesandro se volvió hielo puro. ¿Cómo se enteraron? La información viajó rápido y ya están preguntando si la reclamó. Alesandro cerró los ojos, entendiendo el peso de lo que eso significaba.

En su mundo, una mujer que amamantaba al hijo de un don adquiría un rol sagrado, uno que no podía romperse fácilmente. Renzo continuó. Si no la protege, si no la reconoce, van a asumir que es un punto débil, una amenaza, un blanco.

Alesandro apretó los dientes. Nadie tocará a Mariana. Nadie. Renzo inclinó la cabeza. Entonces tendrá que dejarlo claro. Justo en ese momento, la puerta se abrió. Mariana salió con Alessio dormido en sus brazos y Alesandro sintió que algo dentro de él cambiaba al verla así, como si aquella mujer que había llegado a su vida por accidente ahora fuera alguien imposible de dejar ir.

Está mejor, dijo Mariana suavemente. Comió bastante. Va a dormir un buen rato. Alesandro dio un paso hacia ella. Mariana, lo que hiciste por mi hijo no tiene que agradecerme”, interrumpió ella, aunque su voz tembló un poco.

No quiero complicarme la vida, solo estoy ayudando a un bebé. Renzo miró al don con urgencia. Alesandro respiró profundo y dijo algo que cambiaría el rumbo de la historia. Mariana, ¿no eres solo alguien que ayudó a mi hijo?

En mi mundo lo que hiciste significa algo. Te lo explicaré, pero primero necesito pedirte algo. Mariana levantó la mirada insegura. ¿Qué cosa? Los ojos oscuros de Alesandro cargaban un peso antiguo.