ya no lucha tanto al principio. Gracias a ti, respondió él con voz baja, casi reverente. Mariana bajó la mirada. No estaba acostumbrada a recibir gratitud, mucho menos de alguien como Alesandro Manceli.
“Yo solo estoy cuidando a un bebé.” Eso es todo. Susurró. Pero Alesandro negó suavemente. No estás salvando a mi hijo. Hay una diferencia. Sus palabras la hicieron estremecer. Mariana decidió cambiar de tema.
¿Por qué me necesita tanto? Preguntó. ¿Por qué rechaza todo lo demás? Alesandro respiró hondo porque lo último que sintió antes de que Bianca muriera fue su pecho, su olor, su calor.
Para él esa conexión es vida y cuando la perdió se rompió igual que yo. Mariana sintió un nudo en la garganta. Lo lamento mucho dijo sinceramente. Sé lo que es perder a alguien.
No debería pasarle a nadie. Alesandro la miró largo rato con una intensidad que la hizo temblar. “Sé que lo sabes”, respondió él. Al cuarto día, la mansión ya no le parecía tan fría.
Rosalinda la trataba con respeto. Algunos miembros del personal se mostraban agradecidos. Renzo, aunque siempre serio, evaluaba todo con una mirada protectora, pero también se sentía observada, no de manera incómoda, sino como si cada persona en Villa Manceli entendiera algo sobrenatural sobre su presencia.
Y en parte así era. Aquella tarde, mientras Mariana preparaba a Alessio para su siesta, Renzo entró al Nurseri. Señorita Torres, saludó con esa mezcla de respeto y distancia que lo caracterizaba.
Necesito hablar con usted un momento. Mariana sintió que el aire cambiaba. Se giró. ¿Pasa algo malo? Renzo intercambió una mirada rápida con Alesandro, quien también estaba ahí. No necesariamente malo, pero sí importante, dijo Renzo.
Hay algo que debes saber sobre nuestro mundo, sobre él. Señaló a Alesandro. Mariana frunció el seño. Ya sé quién es. Lo entendí desde el aeropuerto. Renzo negó con la cabeza.
No, señorita, no lo sabe todo. Alesandro caminó hacia ella lentamente, pero no había agresividad en sus pasos. Había peso, tradición, responsabilidad. Siéntate, Mariana, pidió él. Ella obedeció, aunque la ansiedad le oprimía el pecho.