Bebé del JEFE de la MAFIA no dejaba de llorar en el avión – hasta que una MADRE SOLTERA lo vio…

Primero autopistas, luego barrios residenciales amplios, hasta que finalmente entraron a una calle con mansiones enormes detrás de rejas y jardines interminables. Pero Villa Mancelli no era como las demás, era más imponente, más silenciosa, más protegida.

La puerta principal se abrió antes de que Esteban tocara el timbre. Una mujer mayor, de expresión seria y postura impecable, los esperaba. Bienvenida, señorita Torres. Soy doña Rosalinda Méndez, encargada de la casa.

Hizo un gesto elegante. Por aquí, por favor. El señor Manceli la espera en la planta alta. Mariana sintió como sus piernas temblaban ligeramente. A pesar del lujo del lugar, no había calma.

Había tensión en el aire, algo que no se podía ver, pero sí sentir. Doña Rosalinda abrió la puerta del Nurseri. Y ahí estaba él, Alesandro Manceli, sin saco, con las mangas arremangadas y ojeras profundas, cargando a Alessio, que lloraba nuevamente, agotado, frustrado, hambriento.

Alesandro volteó y la mirada oscura que posó sobre Mariana la atravesó como un rayo. “Gracias por venir. No tuve mucha opción”, respondió ella con sinceridad. Él no sonró, pero algo en su expresión se suavizó.

“Mi hijo no ha comido desde el avión”, confesó Alesandro. “Nada le funciona. Está rechazando todo otra vez. ” Mariana se acercó sin pensarlo. El instinto, una vez más era más fuerte que cualquier duda.

Tomó al bebé con suavidad. Alexio dejó de llorar unos segundos como si la reconociera. Está deshidratándose, dijo Mariana alarmada. Un pediatra lo revisó. Tres. Alesandro apretó la mandíbula. Todos dicen lo mismo, que necesita un tubo de alimentación si sigue sin aceptar la mamila.

Mariana cargó al bebé moviéndolo despacio. ¿Quiere que tragó saliva? ¿Quiere que intente alimentarlo otra vez? El silencio entre ellos se volvió espeso. Doña Rosalinda bajó la mirada con respeto y Alesandro respondió con honestidad brutal.