Para él, las cosas ya habían cambiado. Cuando el avión aterrizó en Seattle horas después, Mariana se apresuró a bajar. No quería cruzarse con Alesandro otra vez. No buscaba agradecimientos, ni explicaciones, ni vínculos.
Había hecho lo que su corazón y su cuerpo le había dictado, nada más. Pero el destino parecía tener otros planes. Apenas salió al área de recogida de pasajeros, un hombre enorme, vestido con traje negro y una mirada demasiado fría, se acercó.
Señorita Torres, dijo con tono respetuoso, pero incuestionable, este vehículo es para usted. Mariana retrocedió medio paso. Yo no pedí ningún transporte. El hombre abrió la puerta de una audí negra con vidrios polarizados.
El señor Manceli desea hablar con usted. Mariana sintió un vuelco en el estómago. No es necesario. Yo solo hice. Es necesario. Interrumpió él sin dureza, pero sin permitir discusión.
Por favor, suba. La gente alrededor empezó a mirar. Mariana suspiró. No tenía sentido pelear con guardaespaldas entrenados. Respiró hondo y entró a la camioneta. El interior olía a cuero nuevo y a algo más: poder, seguridad, control.
Detrás de ella, las puertas se cerraron con un seguro automático. “Genial”, murmuró. “Tal vez debería haberme quedado en el avión.” El vehículo avanzó. Afuera, la ciudad se desdibujaba mientras se alejaban del aeropuerto.
Adentro el silencio era casi intimidante. ¿A dónde vamos?, preguntó el chóer, el guardia colombiano llamado Esteban Castaño, respondió sin mirarla. A Villa Mancel. El corazón de Mariana dio un salto.
La casa del Señor. Sí. Un segundo de pausa. El bebé la necesita. El bebé. Ese pensamiento bastó para que Mariana dejara de protestar. El camino hacia Villa Manceli se volvió más solitario a medida que avanzaban.