Bebé del JEFE de la MAFIA no dejaba de llorar en el avión – hasta que una MADRE SOLTERA lo vio…

Mariana gritó y protegió a Alessio como un escudo. Aquí Alesandro señaló un punto adelante. Esteban, corta hacia el campo. Yo salgo con ellos. ¿Estás loco? Respondió Esteban. Van a disparar.

Me necesitan vivo a ella y al bebé. No, dijo Alesandro, su mirada fija en la carretera. No se arriesgarán a disparar si estoy con ellos. Mariana sintió que la sangre se le enfriaba.

No, no vas a entregarte, Alesandro. No. Él tomó su rostro con ambas manos, ignorando el traqueteo del auto golpeado por detrás. Mariana, si no hago esto, ellos te van a lastimar y yo prefiero morir antes que permitir eso.

No digas eso! Susurró ella con los ojos llenos de lágrimas. Alexio empezó a llorar sintiendo la tensión de su madre. Shhh. Mi amor. Mariana meció al bebé mientras sus lágrimas caían sobre él.

Esteban ordenó Alesandro. Cuando salte, te vas directo al refugio. Cuida de ellos, cueste lo que cueste. Mariana lo sujetó del brazo. No, no te vayas. No me dejes sola con esto.

Alesandro apoyó su frente contra la de ella. No te estoy dejando. Te prometo que volveré por ustedes. El auto brincó violentamente. Estaban a segundos de una colisión. Ahora, jefe, gritó Esteban.

Alesandro abrió la puerta en movimiento. El aire helado entró de golpe. Alesandro. La voz de Mariana se quebró. Si sales de este auto, podría ser la última vez que te vea.

Él la miró como si grabara su rostro en la memoria. No será la última. La besó. Fue un beso breve, desesperado, lleno de todo lo que no habían dicho y saltó.

Mariana gritó su nombre. El auto frenó de golpe y giró hacia el campo tal como Alesandro había ordenado. Los enemigos se desviaron hacia él, haciendo exactamente lo que Alesandro quería.

El refugio era una casita de madera antigua oculta bajo grandes pinos. Esteban los ayudó a entrar a toda prisa y activó la alarma perimetral. estaremos seguros aquí por unas horas”, dijo, aunque ni él lo creía del todo.