Bebé del JEFE de la MAFIA no dejaba de llorar en el avión – hasta que una MADRE SOLTERA lo vio…

No me va a pasar nada. No puedo dejarte sola. No puedo dejar solo a mi hijo. Alesandro había construido una reputación feroz, pero en ese instante no era un don.

Era un hombre que amaba desesperadamente a las dos personas que caminaban detrás de él. Cuando salieron al exterior, la noche estaba fría, iluminada apenas por la luna. Un auto negro los esperaba encendido y Esteban custodiaba la zona con un arma en mano.

No siguieron informó en cuanto vio a Alesandro, pero logramos despistarlos antes de llegar aquí. No sabemos cuánto tardarán en encontrarnos. Entendido, respondió Alesandro abriendo la puerta trasera para que Mariana y el bebé subieran.

Vámonos. El vehículo arrancó por un camino de terracería. Avanzando entre árboles y sombras que parecían cerrar el paso. El silencio dentro del automóvil era espeso. Mariana miraba por la ventana con el corazón latiendo al doble de velocidad.

Alesandro dijo de pronto, si salimos de esta, ¿qué vas a hacer? Él giró levemente hacia ella. ¿A qué te refieres? Con todo. Con tu vida, con ellos. Alesandro respiró hondo.

Si salimos de esta, dejo todo atrás. El poder, las guerras, las tradiciones. Renuncio a este mundo. No quiero que mi hijo crezca con miedo. No quiero que tú vivas huyendo.

Mariana sintió un nudo en la garganta. ¿De verdad puedes renunciar por ustedes? Respondió sin dudar. Sí. El vehículo dio un giro brusco que los lanzó hacia un lado del asiento.

“¿Qué fue eso?”, exclamó Mariana. Esteban miró por el retrovisor. “No estamos solos.” Luces aparecieron entre los árboles. Otro auto. Luego otro más. Mariana apretó a Alio contra su pecho. “No, no puede estar pasando.” Alesandro tocó su hombro.

Mírame”, pidió. “Te prometí que los protegería. Lo voy a cumplir. ” Los autos aceleraban detrás de ellos. Esteban apretó los dientes. “Jefe, vienen armados.” “Sigue manejando”, ordenó Alesandro. El motor rugió.

La persecución se volvió frenética. Las luces de los vehículos enemigos parpadeaban como advertencias en la oscuridad. Se están acercando”, dijo Esteban. “Sé lo que tengo que hacer”, respondió Alesandro con voz baja.

Mariana lo miró alarmada. “¿Qué vas a hacer?” Él tomó su mano, la sostuvo con fuerza. Voy a ponerte a salvo. El vehículo enemigo se acercó peligrosamente golpeando la parte trasera de su auto.