Bebé del JEFE de la MAFIA no dejaba de llorar en el avión – hasta que una MADRE SOLTERA lo vio…

Algo que no esperaba, algo que no quiero perder. Las palabras la golpearon con fuerza. Mariana tembló. Alesandro. Él levantó una mano despacio para tocar la mejilla de ella. Se detuvo a milímetros esperando permiso.

Y Mariana no se alejó. Sus dedos rozaron su piel. Fue un toque tan suave, tan cuidadoso, que ella sintió que el corazón se le derretía. “No quiero que tengas miedo de mí”, susurró él.

“No quiero ser alguien que te encierre. Quiero ser alguien que te cuide.” Mariana tragó saliva. No sé qué está pasando, pero yo no puedo perder a otro bebé y no puedo perderme a mí misma otra vez.

Los ojos de Alesandro brillaron con una mezcla de determinación y dolor. No voy a dejar que pierdas nada más, dijo con voz firme. Te lo juro. Por un segundo, Mariana pensó que él iba a besarla, que iba a cruzar esa línea que había estado ardiendo entre los dos desde el avión, pero no lo hizo.

Se detuvo, se contuvo. y eso la tocó más que cualquier beso. “Ve a descansar”, dijo él retirando lentamente su mano. “Mañana hablaremos. Quiero contarte todo desde el inicio. Antes de que tomes cualquier decisión sobre ti y sobre nosotros.” Mariana sintió un temblor en las rodillas.

Apretó a Alessio contra ella, asintió sin palabras. Mientras se alejaba por el pasillo con el bebé dormido, no pudo evitar pensarlo. Se estaba enamorando de un hombre que podía destruirla, pero también era el único que la había hecho sentir viva de nuevo.

A la mañana siguiente, Mariana despertó antes que el sol. Apenas abrió los ojos, sintió el pequeño peso de aleo acurrucado contra ella, respirando suave, tranquilo. Ese sonido se había vuelto parte de su paz, una paz que no sabía si iba a durar.

Mientras lo alimentaba con cuidado, escuchó pasos suaves acercarse al Nurseri. Se tensó, pero cuando la puerta se abrió, no era Salvatore vital, ni algún hombre armado, era Alesandro. vestía una camiseta negra y pantalones cómodos, nada que ver con su traje de don.

Él no lo sabía, pero así, despeinado, humano, auténtico, era incluso más peligroso para el corazón de Mariana. “Buenos días”, dijo él con la voz suave, como si temiera despertar al bebé.