—Puedes venir a buscarme —le dije—. Pero escucha bien. No voy a volver solo para una noche agradable y luego otro año de llamadas apresuradas y promesas vagas.
—Tienes razón.
—Quiero un esfuerzo de verdad. Visitas de verdad. Llamadas de verdad. No cuando me haces un hueco.
—Lo sé.
—Y que nadie me deje fuera de esa puerta otra vez.
Se le quebró la voz. —Nunca más.
Una hora después, llamaron a la puerta de mi motel.
Cuando abrí, allí estaba Nick, con la lluvia en el pelo y un papel en la mano. Emma se asomó por detrás de su pierna.
Nick levantó el papel.
Era un dibujo a crayón. Una casa. Un sol enorme. Tres niños. Dos adultos. Y una mujer con un vestido azul en el centro.
En la parte superior, con letras irregulares, decía: BIENVENIDA ABUELA.
—Debería haber abierto la puerta la primera vez —dijo.
Lo miré.