Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.
Su vestido de algodón blanco con pequeñas flores azules se mecía con cada paso y sus ojos oscuros brillaban con la inocencia de quien aún creía que la vida era un cuento de hadas esperando ser vivido. Fue entonces cuando lo vio. Miguel Ángel Hernández, de 19 años, alto y de complexión fuerte, estaba parado frente al puesto de flores, sosteniendo un ramo de claveles rojos.
Su camisa blanca, perfectamente planchada, contrastaba con su piel morena curtida por el sol del campo. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás con brillantina y cuando sonrió al ver a Teresa, sus dientes blancos iluminaron toda su cara. “Disculpe, señorita”, dijo Miguel quitándose su sombrero de paja. “¿Podría decirme qué flores le gustan más a una dama?” Teresa se detuvo sintiendo que las mejillas se le encendían como brasas.
Los sueños no ponen comida en la mesa, interrumpió don Aurelio. Los sueños no compran vestidos ni medicinas. Los sueños no dan respetabilidad a una mujer. Miguel se irguió sintiendo que la dignidad era lo único que le quedaba. Yo puedo darle todo eso, Señor.
Tal vez no ahora, pero pero ¿qué espera que mi hija viva de promesas? Que críe hijos en una choza mientras usted persigue quimeras. Las palabras de don Aurelio eran como puñaladas. Pero lo que más dolía a Miguel era saber que en cierto modo el padre de Teresa tenía razón. Él no tenía nada que ofrecer, excepto su amor.
Y en un mundo donde el amor no pagaba las cuentas, eso parecía muy poco. Escúcheme bien, muchacho. Continuó don Aurelio, acercándose tanto que Miguel pudo oler el tabaco en su aliento. Mi hija va a casarse con alguien de su clase, con el hijo de don Roberto Vázquez, por ejemplo, que tiene tierras y futuro asegurado.
Usted olvídese de ella, porque si no no terminó la frase, pero la amenaza flotó en el aire como humo espeso. Miguel sintió que el mundo se desmoronaba a sus pies, pero cuando levantó los ojos y vio a Teresa asomada a la ventana de su casa, con lágrimas corriendo por sus mejillas, supo que no podía rendirse. Con todo respeto, don Aurelio, dijo con voz temblorosa, pero firme.
Yo no puedo olvidarme de Teresa y creo que ella tampoco puede olvidarse de mí. Esa noche Teresa lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Su padre había entrado a la casa hecho una furia, gritando sobre muchachos sinvergüenzas y hijas desobedientes. Le había prohibido salir sola, le había quitado cualquier libertad que tuviera.
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