Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.
El sol dorado de Guadalajara pintaba las piedras antiguas de la plaza principal, cuando Teresa Esperanza Morales, a los 17 años caminaba apresurada entre los puestos del mercado. Sus cabellos castaños danzaban al viento, recogidos por una cinta azul que su madre había abordado con tanto cariño. Era una mañana de sábado de 1952 y el mundo parecía palpitar con posibilidades infinitas. Teresa cargaba una canasta de mimbre llena de chiles, tomates y cilantro.

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