Él cerró los ojos brevemente. Eso fue suficiente.
Ella retrocedió como si estuviera sorprendida. —Me dijiste que estabas separado.
Claro que sí, pensé. Claro que usaba la misma mentira en todas partes.
Daniel la miró con evidente disgusto. —Y tú me dijiste que estabas en Boston para una conferencia de marketing.
Ella abrió la boca, y luego la cerró de nuevo.
La investigadora, cuyo nombre en la placa era Melissa Kane, se mantuvo serena. —Señor Bennett, necesitamos su teléfono de la empresa y su tarjeta de acceso de inmediato.
Andrew la ignoró y se acercó a mí. —Claire, por favor. No hagamos esto aquí.
Retrocedí. —Ya lo hiciste.
Melissa deslizó un papel sobre la mesa. —Esta es una notificación de suspensión administrativa pendiente de revisión completa. Seguridad recogerá sus dispositivos.
El tono de Andrew se endureció. —Esto es acoso.
—No —respondió Melissa—. Esto es documentación.
Entonces Vanessa hizo algo que ninguno de nosotros esperaba.
Agarró la carpeta y la hojeó con manos temblorosas.
Su expresión cambiaba con cada página.
Recibos de cenas. Facturas de hotel. Compras de joyas. Registros de mantenimiento del coche. Autorizaciones de gastos. Y entonces, a mitad de la carpeta, un cargo que reconocí al instante: una tienda de muebles boutique en Lincoln Park. Dos mil cuatrocientos dólares. La fecha me impactó como un jarro de agua fría.
Tres meses antes, Andrew me había dicho que andábamos justos de dinero y que teníamos que aplazar el pago inicial de la consulta en la clínica de fertilidad que habíamos estado planeando durante casi un año.