El nombre no le sonaba.
—Hay algún error —repitió Kristina, pero su voz ya temblaba—.
—Lo hemos comprobado tres veces.
Kristina sintió que el suelo se le abría paso.
—Él no haría eso... —susurró.
La mujer la miró fijamente durante un largo rato.
—Kristina... ¿estás segura de que conoces a tu marido?
El viaje de vuelta pasó como en un sueño.
Kristina no lloraba. Todavía no.
Intentó pensar con lógica.
Error.
Coincidencia.
Otra persona.
Pero otro sentimiento ya crecía en su interior.