Su risa. Su esperanza. La forma en que decía: “Estoy bien”, cuando no lo estaba.
Todavía duele.
Pero ahora hay algo más.
Un fuego.
Porque mi hija no solo me dejó una herencia.
Me dejó un propósito.
Y una verdad que jamás olvidaré:
El silencio no protege.
El silencio destruye.
Y hablar —incluso con voz temblorosa— puede salvar una vida.