Durante semanas fingió no saber nada de la infidelidad de su marido, solo para arruinarlo delante de todos.

PARTE 1
Elena, de 34 años, estaba en la cocina de su apartamento en Riverside, con el teléfono pegado a la oreja, escuchando un silencio que le resultaba extraño. La llamada había terminado, o al menos eso creía.

«Te quiero», había dicho Diego momentos antes, con una voz cálida y familiar. «Solo quería saber cómo estabas antes de que la cena se descontrolara; ya sabes cómo son las fiestas de Hugo».

Ella sonrió, le deseó que disfrutara, oyó el clic… y luego nada.

Estaba a punto de colgar cuando lo oyó: voces débiles, risas, el tintineo de las copas. La línea seguía abierta; el teléfono, olvidado en algún lugar de su bolsillo, lo estaba transmitiendo todo sin que él lo supiera.

«Entonces, ¿cuándo vas a dar el paso?», preguntó una voz masculina, probablemente la de Hugo.

«En dos meses», respondió Diego con naturalidad, como si estuviera hablando de algo trivial. «Tengo que esperar a que se finalice la valoración de la empresa. Una vez que la documentación esté fechada antes de la demanda, su abogado no podrá tocarla». Elena se quedó paralizada. Apretó el teléfono con fuerza.

—Inteligente —dijo otra voz—. ¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?

—Desde su ascenso —rió Diego, con esa misma risa que ella conocía, la que usaba cuando se sentía orgulloso de sí mismo—.

—En cuanto se convirtió en socia, supe que la ganancia valdría la pena. California es un estado de bienes gananciales. Solo tenía que esperar el momento oportuno.

Alguien silbó suavemente.