La carretera de montaña. El coche. Un accidente.
Al día siguiente se suponía que sería nuestro quinto aniversario de bodas. Javier me había dicho que me llevaría a un balneario de montaña, a un hotel con vistas al pinar, una escapada romántica para aliviar la tristeza de nuestros años sin hijos. Había preparado abrigos y bufandas, e incluso le dije a mi suegra:
“Mamá, estaremos fuera un par de días. Cuídense mucho y no olviden sus medicinas”.
Ahora lo entendía. Ese viaje de aniversario nunca fue una celebración.
Se suponía que era mi ejecución.
Entonces, una voz femenina, baja y nerviosa, se escuchó por el altavoz.
“¿Pero qué pasa si no muere? Tengo miedo, Javier. No quiero ir a la cárcel”.
Él rió suavemente.
“No seas tonta. Lo revisé todo. Si el coche cae por ese barranco, quedará completamente destruido. Nadie sobrevive a eso. Una vez que muera, la mansión y el dinero de las cuentas pasarán a ser tuyos. Solo espera un poco más hasta que te conviertas en mi esposa”.
—Lo prometiste, ¿verdad? No me mientas.
La mujer soltó una risita.
La mansión. El dinero. Todo para ella.
Cada palabra me atravesaba el pecho como un hielo. Para mi marido, yo no era una esposa. Era un obstáculo. Cinco años de matrimonio, cinco años de humillación, cinco años intentando ser suficiente en esa casa… y todo iba a terminar en un asesinato al borde de un precipicio.
Me tapé la boca con la mano para no gritar. Dentro de la oficina, Javier continuó en un susurro:
—Mañana le daré un sedante suave. Estará medio dormida antes de que lleguemos a la carretera de la montaña.
De esa forma, si algo pasa, parecerá aún más un accidente. Asegúrate de que no haya nada en tu teléfono. ¿Entendido? Quédate callada y te traeré los papeles para firmar cuando esté todo listo.
No pude soportarlo ni un segundo más. Me fallaron las rodillas y me desplomé en el suelo del pasillo. La alfombra se sentía suave, pero bajo mis pies era como si fueran cuchillas.
Me invadieron los recuerdos: nuestra boda en un hotel de lujo, Javier tomándome de la mano y diciéndome: «Nunca te abandonaré». Las noches en que llegaba a casa dolorida por los tratamientos de fertilidad y él me daba agua tibia, diciéndome: «Solo un intento más, mi amor. Pronto tendremos a nuestro hijo». Las noches en que lo esperaba y él me abrazaba, disculpándose por otra «cena de negocios».