Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

Sus manos se pusieron ásperas como lija y su espalda se encorbó por el esfuerzo, pero nunca se quejaba. Cada peso que ganaba era un ladrillo más en la construcción de su futuro juntos. Teresa aprendió a hacer rendir cada centavo. Compraba solo lo indispensable en el mercado, remendaba la ropa una y otra vez y cultivaba verduras en su pequeño jardín.

Por las noches, cuando Miguel llegaba agotado del trabajo, ella le masajeaba los hombros mientras le contaba las pequeñas aventuras de su día, cómo había logrado regatear el precio de los tomates, cómo había intercambiado huevos de sus gallinas por hilo para coser, cómo había aprendido una nueva receta de la vecina.

Los primeros años fueron duros, pero estaban llenos de amor. Se amaban con la pasión de dos personas que habían luchado por estar juntas, que habían desafiado al mundo entero por su derecho a amarse. En las noches, después de cenar sus tortillas con frijoles y salsa, se sentaban en el pequeño portal de su casa a ver las estrellas.

Miguel le contaba sus planes, cómo iba a agrandar la casa, cómo iba a comprar más tierra, cómo sus hijos jugarían en un jardín lleno de flores. “¿Cuántos hijos quieres?”, le preguntó Teresa una noche recostada en su hombro. “Los que Dios nos mande”, respondió Miguel besándole el cabello, “pero que sean muchos para que esta casa se llene de risas”.

Teresa sonríó, pero en el fondo de su corazón una vocecita susurraba las palabras de su padre. Y si no puedes alimentarlos y si Miguel no puede mantenerlos. La primera prueba llegó en 1955 cuando Teresa quedó embarazada de su primer hijo. Miguel estaba loco de felicidad, pero también aterrado. Un hijo significaba más gastos, más responsabilidades y él apenas ganaba lo suficiente para mantener a Teresa y a él.

“Voy a conseguir más trabajo,” le prometió, aunque tenga que trabajar las 24 horas del día. y casi lo hizo. Miguel consiguió trabajo adicional cargando bultos en la estación del tren los fines de semana. Llegaba a casa el domingo por la noche tan cansado que se quedaba dormido en su silla antes de terminar de cenar.

Teresa veía como su marido se mataba trabajando y sentía una mezcla de amor y preocupación que la desgarraba por dentro. Lo amaba por su dedicación, por su valor, por cómo luchaba por ella y por el bebé que venía en camino, pero también se preocupaba por su salud, por su futuro, por la posibilidad de que toda esa lucha no fuera suficiente.

El pequeño Miguel Aurelio nació en febrero de 1956 en la misma cama donde había sido concebido con la ayuda de doña Remedios, la partera del pueblo. Cuando Teresa vio a su hijo por primera vez, con sus ojitos cerrados y sus puñitos apretados, se enamoró de él instantáneamente. Miguel lloró cuando cargó a su hijo por primera vez.

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