Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.
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Tenía 22 años, cabello rubio cenizo, ojos azules y modales refinados. Hablaba de sus viajes a México DF, de los libros que había leído, de los planes que tenía para modernizar las haciendas de su familia. “Mi padre dice que usted borda muy bien, señorita Teresa”, le dijo durante la cena. Me gustaría mucho ver sus trabajos algún día.
Teresa sonrió cortésmente, pero se sentía como una actriz, representando un papel que no había elegido. Ricardo era todo lo que su padre quería para ella, rico, educado, con futuro asegurado. Pero cuando lo miraba no sentía mariposas en el estómago. Cuando él hablaba no se le aceleraba el corazón, no había magia, no había esa conexión inexplicable que sentía con Miguel.
Esa noche, después de que Ricardo se fuera, don Aurelio entró al cuarto de Teresa con una sonrisa triunfante. ¿Viste qué muchacho tan fino? ¿Viste cómo te hablaba? Con qué respeto? Eso es un hombre de verdad, Teresa, no un peón que no tiene ni dónde caerse muerto. Papá, por favor. No, hija, escúchame. Don Roberto ya me habló.
Ricardo está muy interesado en Podríamos anunciar el compromiso en Semana Santa y la boda sería en diciembre. Imagínate una boda por todo lo alto, con vestido de satén blanco, con músicos y flores, como mereces. Teresa sintió que las paredes se cerraban sobre ella. La boda que su padre describía sonaba hermosa, pero era una boda sin amor, un matrimonio sin alma.
Esa misma noche esperó hasta que toda la casa estuviera dormida y por primera vez en meses, desobedeciendo todas las órdenes de su padre, salió sigilosamente de casa. Miguel la esperaba en su lugar de siempre, junto a la fuente de la plaza. Cuando la vio llegar, corrió hacia ella y la abrazó como si fuera la cosa más preciada del mundo.
Teresa, mi amor, pensé que ya no vendríamos nunca más. Miguel, soyozó Teresa contra su pecho. Papá quiere casarme con Ricardo Vázquez. Dice que van a anunciar el compromiso en Semana Santa. Miguel se quedó helado. Sabía que este momento llegaría, pero no se había preparado para el dolor que sintió, como si le hubieran arrancado el corazón del pecho. No puede ser, murmuró. Tú me amas a mí, Teresa.
Lo sé, lo siento cuando me miras. Sí, te amo, Miguel. Te amo más que a mi propia vida. Pero papá dice, “Al con lo que diga tu papá.” Explotó Miguel. y después se arrepintió inmediatamente de su arrebato. “Perdóname, Teresa, no quise gritarte, pero es que no puedo perderte, no puedo.
” Se separó de ella y la tomó por los hombros, mirándola directamente a los ojos. “Cásate conmigo, Teresa, ahora, mañana, cuando tú digas, “No tengo mucho que ofrecerte, pero te juro por la Virgen de Guadalupe que voy a trabajar día y noche para darte todo lo que mereces. Miguel, mi papá nunca, tu papá no tiene que saberlo hasta que ya sea demasiado tarde para impedirlo.
El padre Jiménez me conoce desde que era niño. Él nos casaría. Teresa sintió que el mundo giraba a su alrededor. Su corazón le gritaba que dijera que sí, que corriera hacia el amor y la felicidad. Pero la voz de su padre resonaba en su mente como un tambor de guerra. Los hombres pobres siguen siendo pobres. Te vas a arrepentir. Tus hijos van a sufrir. Necesito tiempo para pensarlo”, susurró.
Miguel la tomó entre sus brazos y la besó con toda la desesperación de un hombre que siente que está perdiendo el amor de su vida. No pienses, mi amor. Siente qué te dice tu corazón. Y el corazón de Teresa le gritaba una sola palabra. Sí. La boda se celebró al amanecer del 15 de marzo de 1953 en la pequeña iglesia de San Judas Tadeo, en las afueras de Guadalajara.
Solo estuvieron presentes Esperanza, la hermana de Miguel como testigo y don Joaquín, el sacristán anciano que había conocido a Miguel desde niño. El padre Jiménez, un hombre de 70 años con ojos bondadosos y manos temblorosas, había accedido a casarlos después de que Miguel le confesara toda la historia.
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