Una llamada telefónica que puso fin a dos años de duelo.

La extraña reacción de su marido
Neil apareció en la puerta de la cocina justo cuando ella estaba allí temblando, mirando el teléfono como si fuera algo peligroso.

“¿Qué te pasa?”, preguntó. “Pareces haber visto algo terrible.”

Apenas pudo articular palabra.

Cuando finalmente logró explicarle que Grace estaba en su antigua escuela, que alguien que decía ser su hija acababa de hablar con ella, su reacción fue inmediata y equivocada.

En lugar de confusión o una leve indiferencia, en lugar de suponer que se trataba de una broma cruel o una terrible coincidencia, Neil palideció. Pálido de verdad, el color desapareció de su rostro como si hubiera recibido una noticia impactante.

Agarró el teléfono rápidamente. Colgó sin hablar con quien seguía en la línea.

«Es una estafa», dijo, con las palabras demasiado rápido. «Ahora la gente hace esto. Usan inteligencia artificial para clonar voces. Leen obituarios y buscan información en las redes sociales. Cualquiera podría falsificarlo».

Su explicación era técnicamente plausible. Pero algo en su forma de decirlo sonaba extraño. Como si lo hubiera ensayado.

Ella cogió las llaves del mostrador. «Voy a la escuela».

La respuesta de Neil fue de pánico, no de consuelo. Intentó impedir físicamente que se fuera, interponiéndose entre ella y la puerta.

—No te hagas esto —dijo con urgencia—. Solo vas a volver a lastimarte.

Ella lo miró fijamente, percibiendo algo en su expresión que no lograba descifrar.

—Si de verdad se ha ido —preguntó lentamente—, ¿por qué tienes tanto miedo de que vea un fantasma?