Estaba equivocada.
El médico explicó los siguientes pasos: servicios de apoyo, la documentación adecuada, garantizar la seguridad.
No dudé.
“Hagan lo que tengan que hacer”, dije.
Porque esto no era algo que se pudiera ignorar.
Y no era algo que se pudiera solucionar en silencio.
Esa noche, todo cambió.
No volvimos a casa.
Porque «hogar» ya no me parecía la palabra adecuada.
Ya no era solo un lugar.
Se había convertido en una pregunta.
Más tarde, mientras se dormía a mi lado, aferrada a un pequeño juguete, parecía tranquila de nuevo, como la niña que seguía siendo en el fondo.
Y comprendí algo con claridad:
No se trataba de un momento.
Se trataba de elegir qué hacer después.
Los días que siguieron fueron difíciles.