¿Es culpa mía?
Me arrodillé y le ajusté la chaqueta.
“Ahora mismo, estoy concentrada en ti”.
En la clínica, todo se volvió luminoso y silencioso de una manera diferente.
La enfermera lo notó de inmediato: su postura, su forma de moverse, la vacilación en su voz.
Nos atendieron rápidamente.
—¿Qué pasó? —preguntó el médico con suavidad.
Mi hija me miró primero.
Me quedé en silencio.
Tenía que ser su voz.
Habló en voz baja.
—Me golpeé la espalda con algo.
—¿Cómo?
Silencio.
Luego, lágrimas.
—Mi mamá me empujó.