Mateo corrió hacia la incubadora.
—¡¿QUÉ HACES?! —gritó un doctor.
Pero ya era tarde.
Mateo tomó al bebé.
Pequeño. Frío. Sin reacción.
—¡DEVUÉLVEME A MI HIJO! —gritó Camila, fuera de sí.
Los doctores avanzaron.
Pero Don Ernesto levantó el brazo.
—¡NADIE SE MUEVA!
Algo en su voz… los detuvo.
Era locura.
Era desesperación.
Era… fe en lo único que quedaba.
Mateo no escuchaba nada.
El mundo desapareció.
Solo estaba él…
y ese pequeño cuerpo.
Lo sostuvo como le había enseñado su abuelo.
Con cuidado… pero firme.
—No estás muerto… —murmuró— solo no puedes respirar…
Lo inclinó.
Cabeza hacia abajo.
Su mano tembló… pero no dudó.
¡PAM!
Un golpe seco en la espalda.
—¡LO VAS A MATAR! —gritó un médico.
Mateo no se detuvo.
¡PAM!
Otro.
Nada.
El monitor seguía igual.
La línea… recta.
El aire se volvió insoportable.
Camila lloraba sin mirar.
Los doctores negaban con la cabeza.
—Es inútil…
Pero Mateo apretó los dientes.
—Vamos… pequeño… vamos…
Regresó su mano al punto exacto.
Debajo de la oreja.
Donde nadie había mirado.
Presionó.
Sintió algo.
Duro.
Pequeño.
Atascado.
—Aquí estás… —susurró.
Ajustó su mano.
Respiró profundo.
Y golpeó una vez más.
¡PAM!
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres…
Y entonces—
¡CLIC!
Un sonido mínimo.
Algo salió disparado.
Rebotó en el piso brillante.
Pequeño. Rojo. De plástico.
Una simple cuenta… de un juguete roto.
Y en ese mismo instante—
¡WAAAAAA!
El llanto llenó la sala.
Fuerte.
Vivo.