Mateo bajó la mirada… ya estaba acostumbrado.
Pero antes de que pudiera decir algo… un ruido cortó el ambiente.
Una alarma.
Gritos.
—¡Código rojo! ¡El bebé no responde!
El guardia se distrajo… y Mateo vio la oportunidad.
No lo pensó.
Corrió.
Pasillo tras pasillo… hasta que llegó a una puerta de cristal.
Y lo que vio adentro… lo dejó helado.
Un bebé… sin moverse.
Una madre destrozada.
Doctores… derrotados.
Y algo más.
Algo pequeño… casi invisible.
Un detalle… que nadie estaba viendo.
Mateo frunció el ceño.
Su corazón empezó a latir fuerte.
Demasiado fuerte.
—Eso no es normal… —susurró.
Empujó la puerta.
—Perdón… yo solo—
—¡¿QUIÉN TE DEJÓ ENTRAR?! —gritó la mujer, furiosa, señalándolo— ¡Sáquenlo! ¡Está sucio!
Las miradas lo atravesaron.
Desprecio. Asco. Rabia.
Un doctor ni siquiera lo volteó a ver.
—Esto es una sala estéril, saquen a ese niño ya.
Mateo sintió el golpe… pero no en el cuerpo.
En el alma.
Apretó la cartera.
—Yo… solo venía a devolver esto…
El hombre rico lo miró por primera vez.
Frío.
Cansado.
Roto.
Pero Mateo ya no estaba viendo eso.
Sus ojos estaban clavados en el bebé.
En su cuello.
En ese pequeño movimiento…
Extraño.
Incorrecto.
—Señor… —dijo despacio— su bebé no está enfermo.
Un silencio incómodo llenó la sala.
Y luego…
Risas.
—¿Escucharon eso? —dijo un médico con sarcasmo— ahora resulta que un niño de la calle sabe más que nosotros.
Camila, con los ojos llenos de dolor, lo empujó.
—¡Lárgate! ¡Traes mala suerte!
Mateo cayó al suelo.
Las botellas rodaron por el piso brillante.
Nadie lo ayudó.
Nadie lo escuchó.
Pero él… no podía dejar de ver.
Ese detalle.
Ese pequeño movimiento que gritaba algo que nadie quería oír.
Apretó los dientes.
—No… no es una enfermedad… —susurró, casi para sí mismo.