El contagio a las personas no ocurre de forma inmediata. Para que exista riesgo real de infección, la garrapata suele necesitar permanecer adherida entre 24 y 36 horas. Por este motivo, la detección temprana y la correcta extracción del parásito son factores clave. Las probabilidades aumentan en quienes viven o realizan actividades recreativas en zonas boscosas, húmedas o con vegetación alta, así como en personas que tienen mascotas que frecuentan este tipo de entornos sin protección antiparasitaria adecuada.
En cuanto a los síntomas, la enfermedad de Lyme no se presenta de la misma manera en todos los casos. En una etapa inicial, pueden aparecer fiebre, fatiga, dolor de cabeza y una lesión cutánea característica conocida como eritema migratorio, descrita comúnmente como una mancha en forma de “ojo de buey”. Con el paso del tiempo, si no se trata, la infección puede extenderse y provocar dolores articulares, molestias musculares, rigidez en el cuello e incluso alteraciones del ritmo cardíaco. En fases más avanzadas, algunas personas desarrollan dolor articular persistente, sensaciones de hormigueo o entumecimiento y dificultades relacionadas con la memoria, el sueño o la concentración.
El tratamiento médico convencional se basa principalmente en el uso de antibióticos, como la doxiciclina o la amoxicilina, que suelen ser muy eficaces cuando se administran de manera temprana. No obstante, en los últimos años ha crecido el interés por enfoques naturales complementarios, siempre como apoyo y nunca como sustitución del tratamiento indicado por un profesional de la salud. Entre las opciones más estudiadas se encuentra el extracto de hoja de stevia, que en investigaciones de laboratorio ha mostrado actividad frente a Borrelia burgdorferi. También se ha analizado el uso del aceite esencial de orégano, rico en carvacrol, conocido por sus propiedades antibacterianas y antiinflamatorias, aunque su uso debe ser cuidadoso y supervisado.
