Comprendí que, allí mismo, delante de todos… quería humillarme.
Así que me di la vuelta y caminé hacia la salida del cementerio.
Detrás de mí, oí murmullos.
Frases como «pobre mujer» y «qué horrible» me siguieron.
Pero nada de eso importaba.
Porque al pasar junto a Diego, me detuve un instante.
Le ajusté el abrigo como si le arreglara algo.
Y deslicé el pequeño dispositivo más adentro de su bolsillo.
Él no se dio cuenta.
Pero yo sí.
El leve clic.
Al salir por las puertas del cementerio, mi teléfono vibró.
La señal estaba activa.
Ese pequeño movimiento…
lo revelaría todo.
No volví a casa.
No podía.
Ya no era mía.