Nunca antes me había rogado. Esa debería haber sido mi advertencia.
Una semana después, renuncié. Cuando llegué a casa, Joshua me abrazó tan fuerte que sentí que nunca me soltaría.
Pasábamos las tardes en el sofá rellenando formularios, preparándonos para los estudios de acogida. Era incansable, concentrado de una manera casi urgente.
Una noche, encontró su perfil.
“Son gemelos de cuatro años, Matthew y William. ¿No parecen pertenecer a este hogar?”
“Parecen asustados”, dije en voz baja.
Me apretó la mano. “Quizás nosotros podamos ser suficientes para ellos”.
“Quiero intentarlo”.
Esa misma noche le envió un correo electrónico a la agencia.
La primera vez que conocimos a los niños, no dejaba de mirar a Joshua.
Se agachó a la altura de Matthew y le ofreció una pegatina de dinosaurio.
“¿Es tu favorita?”, preguntó.
Matthew apenas asintió, con la mirada fija en su hermano.
William susurró: “Habla por los dos”.
Luego me miró, como si estuviera evaluando si estaba a salvo. Me arrodillé junto a ellos y dije: «Está bien. Hablo mucho por Joshua».
Mi esposo se rió, una risa genuina, ligera y alegre. «No bromea, cariño».
Matthew esbozó una leve sonrisa. William se acercó a él.
El día que se mudaron, la casa se sentía luminosa e incierta. Joshua se arrodilló junto al auto y prometió: «Les traemos pijamas iguales».
Esa noche, los niños convirtieron el baño en un pantano, y por primera vez en años, la risa llenó cada rincón de la casa.
Durante tres semanas, vivimos en algo que parecía magia prestada: cuentos para dormir, cenas de panqueques, torres de LEGO y dos pequeños que poco a poco aprendían a alcanzarnos.
Aproximadamente una semana después de su llegada, me senté al borde de sus camas en la oscuridad, escuchando su respiración pausada. Todavía me llamaban «Señorita Hanna», pero empezaban a ser más cercanos.